el pequeño corleone
Al final de una larga jornada, me siento cual vulgar esclava de la mafia. ¿Qué por que?
Imaginaos lo que ha sido el día… teniendo como jefe un pequeño déspota que organiza mi jornada de trabajo.
Puedo imaginarlo sentado en una amplia mesa.
Esta de espaldas a una ventana donde la luz entra difuminada a través de una persiana veneciana. Solo falta la nube dispersa de humo que haga que el ambiente sea aun más misterioso. Mi pequeño jefe esta con los pies apoyados en la amplia mesa de despacho dictando ordenes cada vez mas inentendibles para mi, su fiel lacayo…
Casi me veo a mi misma con un traje negro con rayas blancas y sombrero, idéntico al de el, solo que el suyo tapando parte de su rostro, lo cual hace que me intimide mas.
Mientras tanto, entiendo que sus órdenes para hoy son mucho más complicadas que las que cumplí ayer, y un miedo atroz me atenaza…
“¡Tráeme el desayuno! No, galletas no quiero. Quiero cereales, de esos que no te quedan.”“Y ni se te ocurra vestirme con esa ropa. Sabes que quería esa camisa de Spiderman que ayer tenias que plancharme. ¿Cómo? ¿Qué no esta lista? Realmente no vales para nada… Todos los días igual…”A medida que el dicta sus ordenes, mi plan de trabajo diario se ve menguado ante sus necesidades. Antes yo solo era un ama de casa, una esposa solicita. Hoy me veo atrapada. Ni siquiera los fines de semana libres, tengo.
Las ordenes de hoy han sido mucho mas complejas que habitualmente. Para empezar es sábado, con lo cual tengo que hacer la compra del fin de semana, además de limpiar y preparar una gran merienda para mi pequeño corleone y sus amigos…
De repente, su voz estridente me saca de mis ensimismados pensamientos:
“Vete haciendo a la idea de que me tendrás que meter en el carro de la compra y yo, y solo yo, seleccionare todos y cada uno de los productos que tienes que adquirir. Ah, no! Ni se te ocurra comprar esa porquería verde. No vas a incluir nada del mundo vegetal en mi carro de la compra. Limítate a pasar por el pasillo de los donuts, la coca-cola, las chocolatinas y los caramelos. Ah! Y un poco de ese jamón, ese que pone ibérico o pata negra.”A la altura de la sección de carnicería, me pone entre la espada y la pared intentando demostrar a todo el mundo que mi trabajo no es correctamente llevado a cabo cuando públicamente difunde que el pollo que cocino “esta realmente asqueroso” y que no piensa comer esa “bazofia”… Puedo sentirme taladrada por las miradas que me dirigen los allí presentes totalmente convencidos de que mi estilo culinario es realmente patético, así que lavo mi imagen publica como puedo y salgo pitando de allí.
El pequeño jefecillo maneja con gran facilidad mi mundo emocional, a la altura del kiosco es capaz de representar el papel mas melodramático de su vida, con despliegue de cualidades tales como llanto inconsolable ante la perdida de un objeto deseado por el y no adquirido por mi. Su actitud no cesa ni siquiera con sobornos del tipo “mañana lo compramos” o el socorrido “vale, compramos chicles si dejas de llorar”, sino que da paso a una dura demostración de violencia callejera donde soy agredida con patadas y puñetazos mientras todos los viandantes se deleitan con la contemplación gratuita del espectáculo que incluye aporreamiento del suelo por parte de su incontenida rabia. Con frecuencia, esta conducta tiene como consecuencia el cese de las hostilidades por mi parte, cediendo a su egoísta capricho del día…
El resto de la mañana pasa entre duras negociaciones con el alto mando de la cosa nostra, al pactar la parte de comida que se va a quedar en el plato a la hora de comer y unos cuantos rifirrafes relacionados con la conveniencia de lavarse los dientes tras la ingesta de alimentos.
Mientras tanto se aproxima la hora de la merienda y la inminente llegada del resto de secuaces. Caigo en la cuenta de que es hora de ir de nuevo a la cocina a preparar suculentos manjares para satisfacer su voraz apetito.
Ya están aquí. Intento salvar mi pellejo mientras discuten entre ellos la conveniencia de trasladar de un sitio a otro de la casa determinados utensilios y me refugio de nuevo en la cocina. A las dos horas y media de reunión estoy exhausta. No cabe ni un juguete más fuera de su sitio, y casi me parece oír como conspiran contra mí:
“Rápido, sitúa ese cochecito estratégicamente al alcance de su pie derecho para que resbale, pero haz que parezca un accidente…”
Finalmente vienen a recoger a todos y cada uno de los mafiosos, cansados, relajados, sin tanta cara de malvados, incluido mi pequeño Corleone, y se que el día toca a su fin.
Hubo un tiempo que pensé que yo le había enseñado todo lo que sabe, que jamás podría prescindir de mis acertadas decisiones en su vida. Pero soy consciente de que hoy en día ese poder se va evaporando. Poco a poco su experiencia ha ido dando paso a cuestionar seriamente mi utilidad. Ahora me hallo en ese segundo plano desde el cual soy solo una mera espectadora de sus despóticos planes…
Sin embargo cuando duerme, su rostro adopta una dulce expresión. Y es entonces cuando yo adquiero una sensación de recién estrenada libertad… la cual se, inequívocamente, que durara hasta mañana…

Sara dijo
Jajajajajajajaja... qué bueno!!! Me he reído mogollón, jajajajajajjajaja...
A ver si te pones a escribir más relatos de este tipo. Lo has clavao.
Besets!
31 Enero 2007 | 04:46 PM